La piedra describió para mi asombro
con efecto una parábola perfecta
y justo la ventana en ese instante
tramó sus átomos con mala hostia
es posible que el viento de poniente
sembrara un principio de incertidumbre
no obstante sí, yo lancé la piedra
pero ¿qué es el yo? ¿qué es la piedra?
¿la ventana deja de ser ventana
al estar fragmentada en pedazos
o en cada esquirla minúscula
sobrevive cierta idea de ventana?
no está claro en cualquier caso
dónde teje su nido la culpa
por lo tanto no creo necesario
que se entere mi madre.
...Una misma canción, escuchada por dos personas diferentes, ¿son dos canciones?...
martes, 28 de octubre de 2014
jueves, 18 de septiembre de 2014
No puedo prometer, pero prometo.
"Te echo de menos" es quizás la frase que más uso en mi vida. Cuando una de mis luces (como yo llamo a aquellos a los que aprecio) se encuentra un día a medio gas, triste o ausente, ya la echo de menos. Cuando la felicidad me pilla a solas, ahí es cuando mas echo en falta a quien me hace el coro en la risa. Vivo echando de menos y dando las gracias y, aunque es sufrido, a mí me resulta bonito.
Lo que no sabía es que podía una echarse de menos a sí misma, y mucho menos estarse agradecida. Me he dado cuenta por que hace un tiempo volví a la infancia en espíritu. En ese tiempo, he pecado de inocencia, he dado aquello que tenía sin esperar nada, he aprendido cosas nuevas, me he dejado sorprender por el mundo y me ha picado la curiosidad. He cambiado de opinión en apenas segundos, me he creído todo lo que me han dicho y he mirado alrededor con ojos nuevos.
Claro que los niños también son seres sensibles y desprotegidos,inconstantes, que al no parar quietos se caen, se hacen daño, no comprenden bien la vida y no contemplan la maldad del mundo, terminan agotados y caen a plomo en la cama.
Por todo aquello, me vi obligada a volver a mi yo adulto, o mejor menos niño. Pero antes de volver, me prometí muchas cosas que, al ser niña, no se sabe si cuentan como promesas serias.
"No puedo prometer, pero prometo bailar descalza siempre que quiera, comer sentada en el suelo, cantar en el coche, acostarme tarde a escondidas, llorar si tengo ganas, reír cada día, jugar sola si nadie me acompaña, fijarme en todo, soñar a cada momento y sobre todo aprender a rendirme."
Y de repente abandoné aquella infancia espiritual y volví a sentir que ya lo había visto todo, que rendirse era de cobardes, que no tenía derecho a tener miedo, que llorar era un signo de debilidad y volví a caer en la cuenta de que en toda persona hay un poso de maldad. Volví a sentir la presión de tener que eligir, y volví a creer que rectificar, volverse loca y cambiar de parecer eran claros signos de inmadurez. Volví a fingir que se exactamente lo que quiero, que mi meta es clara y mis objetivos inamovibles, que lo que busco es tranquilidad, estabilidad (la palabra favorita de los adultos) y que estoy de acuerdo con que se llega antes por el camino recto.
Ahora me echo de menos. A mí, a mi niña. A mi loca. Ahora es simplemente una pulsión que pelea por volver a dominarme. Y me doy las gracias, por hacerme tan vulnerable y feliz. No puedo prometer, pero prometo no tener miedo si vuelvo.
-¡Qué aburrida la paz de tenerlo todo tan claro!- me dije el día que por fin descansé y crecí de nuevo.
martes, 28 de enero de 2014
Mi calle.
"Mi calle". Curiosa forma de denominar dónde vives, o incluso vivías. No todas las calles pueden ser "tu calle", ni aunque vivas 10 años en ella.
Tu calle tiene que llevar a un parque,o a dos: tu favorito y "el otro". Tu calle ha de tener algunos comercios con tenderos que ya son casi de la familia. Ha de contener gente mayor obstaculizando el paso y gente joven siempre con prisa. Ha de tener papeleras que se llenan de envoltorios de colores a primeros de enero. Tu calle ha de saber idiomas.
Tiene que haberte visto crecer y al poner el primer pie en ella, hacerte sentir que ya has llegado a casa.
A veces no se tiene calle. A veces no conocemos a la gente que pisa sus aceras, no recordamos el color de sus edificios y nos sentimos unos extraños. A veces los tenderos no nos saludan o nos cambian el nombre, a veces vemos ratas en las alcantarillas. A veces te persiguen y has de correr llaves en mano.
A veces tus calles son personas. Te sientes fuera de lugar y sientes miedo recorriéndolas. Quizá si me agarraran de la mano...
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