jueves, 18 de septiembre de 2014

No puedo prometer, pero prometo.



"Te echo de menos" es quizás la frase que más uso en mi vida. Cuando una de mis luces (como yo llamo a aquellos a los que aprecio) se encuentra un día a medio gas, triste o ausente, ya la echo de menos. Cuando la felicidad me pilla a solas, ahí es cuando mas echo en falta a quien me hace el coro en la risa. Vivo echando de menos y dando las gracias y, aunque es sufrido, a mí me resulta bonito.

Lo que no sabía es que podía una echarse de menos a sí misma, y mucho menos estarse agradecida. Me he dado cuenta por que hace un tiempo volví a la infancia en espíritu. En ese tiempo, he pecado de inocencia, he dado aquello que tenía sin esperar nada, he aprendido cosas nuevas, me he dejado sorprender por el mundo y me ha picado la curiosidad. He cambiado de opinión en apenas segundos, me he creído todo lo que me han dicho y he mirado alrededor con ojos nuevos.

Claro que los niños también son seres sensibles y desprotegidos,inconstantes, que al no parar quietos se caen, se hacen daño, no comprenden bien la vida y no contemplan la maldad del mundo, terminan agotados y caen a plomo en la cama.

Por todo aquello, me vi obligada a volver a mi yo adulto, o mejor menos niño. Pero antes de volver, me prometí muchas cosas que, al ser niña, no se sabe si cuentan como promesas serias.
 "No puedo prometer, pero prometo bailar descalza siempre que quiera, comer sentada en el suelo, cantar en el coche, acostarme tarde a escondidas, llorar si tengo ganas, reír cada día, jugar sola si nadie me acompaña, fijarme en todo, soñar a cada momento y sobre todo aprender a rendirme."

Y de repente abandoné aquella infancia espiritual y volví a sentir que ya lo había visto todo, que rendirse era de cobardes, que no tenía derecho a tener miedo, que llorar era un signo de debilidad y volví a caer en la cuenta de que en toda persona hay un poso de maldad. Volví a sentir la presión de tener que eligir, y volví a creer que rectificar, volverse loca y cambiar de parecer eran claros signos de inmadurez. Volví a fingir que se exactamente lo que quiero, que mi meta es clara y mis objetivos inamovibles, que lo que busco es tranquilidad, estabilidad (la palabra favorita de los adultos) y que estoy de acuerdo con que se llega antes por el camino recto.

Ahora me echo de menos. A mí, a mi niña. A mi loca. Ahora es simplemente una pulsión que pelea por volver a dominarme. Y me doy las gracias, por hacerme tan vulnerable y feliz. No puedo prometer, pero prometo no tener miedo si vuelvo.

-¡Qué aburrida la paz de tenerlo todo tan claro!- me dije el día que por fin descansé y crecí de nuevo.

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